Lo negativo Alquileres duplicados o triplicados, inflación en el costo de vida y una fuerte especulación de la tierra.
Lo positivo. Inyección de USD 14,3 millones al mes, expansión de servicios y gastronomía y un boom de construcción.

Las calles de los barrios aledaños al microcentro de Ciudad del Este se despiertan cada mañana con un murmullo particular: el característico portugués, que antes se limitaba casi con exclusividad a la zona comercial, y que delata hoy la procedencia de miles de jóvenes brasileños llegados de São Paulo, Paraná o Río de Janeiro. Ellos llevan batas blancas y uniformes celestes y caminan apurados hacia alguna de las facultades de medicina privadas que han proliferado en el paisaje urbano de la capital del Alto Paraná y sus municipios vecinos.
Se calcula que cerca de 22.000 estudiantes brasileños cursan la carrera de Medicina en el departamento. Llegaron atraídos por cuotas significativamente más baratas que en su país y por la ausencia de un examen de ingreso restrictivo.
El impacto económico es innegable porque este flujo universitario inyecta más de USD 14 millones mensuales directos a la economía esteña a través de transferencias, remesas y giros vía Pix. Sin embargo, este oasis financiero esconde una cruz que golpea con fuerza el bolsillo de las familias paraguayas, representada en una galopante crisis de acceso a la vivienda.
La masiva demanda de departamentos para estudiantes ha transformado por completo barrios tradicionales, como Boquerón, Obrero, Ciudad Nueva, San José, San Isidro y el kilómetro 8 Monday. Terrenos baldíos que hace cinco años carecían de atractivo hoy lucen bloques de departamentos de mediana altura diseñados exclusivamente para el mercado estudiantil.
Sin embargo, el costo social de este fenómeno lo pagan los locales.
Desplazados. ”Un monoambiente mínimo que antes costaba G. 800.000 hoy no baja de G. 1.700.000 o G 2.300.000 si está cerca de una universidad”, relata Jorge Benítez, un joven esteño que se vio obligado a volver a la casa de sus padres debido a los precios. “Tenés que ganar más que el salario mínimo, de lo contrario, es imposible. Hay más demanda que oferta y eso hace que los precios se disparen. Lo peor es que no veo que esto vaya a cambiar a corto plazo”.
Para un estudiante brasileño que maneja un presupuesto promedio en reales, estos montos resultan accesibles. Pero para un trabajador paraguayo que percibe el salario mínimo, la cifra representa más de la mitad de sus ingresos mensuales, volviendo prohibitivo el alquiler en su propia ciudad. Al costo mensual se suman las exigencias de garantías elevadas y tasas inmobiliarias que hacen que ingresar a un techo requiera un desembolso inicial inalcanzable para la clase media-baja local.
El fenómeno plantea un dilema complejo a las autoridades locales y departamentales. Por un lado, las cámaras de empresarios y desarrolladores inmobiliarios celebran inversiones que superan los USD 300 millones en proyectos residenciales y de usos mixtos en la región. Ciudad del Este se está modernizando a pasos agigantados y está logrando diversificar su histórica dependencia del comercio de triangulación de electrónica.
Por el otro, la falta de una regulación de precios de alquileres y de un plan regulador urbano actualizado deja desprotegidos a los ciudadanos. La burbuja inmobiliaria ha empujado a miles de familias paraguayas hacia asentamientos más alejados de los centros urbanos y comerciales, precarizando su calidad de vida y encareciendo sus costos de transporte diarios.
Un imán regional. El abogado y economista Carlos Aponte señala que el fenómeno va más allá de las aulas. Paraguay se ha convertido en un centro de atracción no solo por las facilidades educativas, sino por sus condiciones macroeconómicas estables. “El boom inmobiliario en Paraguay mueve millones de dólares con la llegada de extranjeros, tanto inversionistas como estudiantes”, explica Aponte.
“El país ofrece grandes oportunidades de negocios impulsadas por la baja carga tributaria, la estabilidad del guaraní a nivel regional y una inflación de un solo dígito que se mantiene por debajo del 4% anual. A esto se suma la facilidad para obtener documentos legales de radicación”.
Esta estabilidad ha provocado el desembarco de familias extranjeras enteras que no solo estudian, sino que demandan y ofrecen servicios profesionales en áreas como arquitectura, ingeniería civil, comercio y ventas virtuales.
Impacto social. Sin embargo, el economista coincide en el diagnóstico del impacto social al afirmar que la alta demanda habitacional en zonas urbanas dispara los precios. Esto priva a la clase media y baja de un alquiler de bajo costo que les permita vivir dignamente. Al no poder arrendar un departamento familiar o un monoambiente, muchos se ven obligados a regresar a la casa de sus padres. Las construcciones en altura son un negocio redondo, seguro y rentable para el inversor, pero el costo de esa rentabilidad es el desplazamiento del ciudadano local.
Ciudad del Este vive así la paradoja del crecimiento sin orden. Es una bonanza dinamizada por el dinero extranjero que, mientras llena las cajas registradoras de supermercados y constructoras, vacía las posibilidades de vivienda digna para la gente de su propia tierra. El desafío de la Triple Frontera ya no es solo atraer capitales, sino aprender a convivir con ellos sin expulsar a su propia población.

Fuente. UH
