Especialista advierte sobre cómo el consumo intensivo de plataformas digitales altera la concentración en la infancia agravando las conductas asociadas al trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

En la actualidad, las pantallas se volvieron una adicción para los niños y jóvenes que miran por horas las redes sociales y es por ello que la psicóloga clínica con énfasis en la Niñez, Estela Alfonsi, analiza el impacto del uso digital en el desarrollo infantil.
La profesional advierte que los dispositivos afectan la atención y el descanso, pero aclara que no provocan trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), por lo que insta a enfocar la crianza desde el equilibrio y la presencia adulta.
Para la psicóloga, se deben fomentar hábitos saludables a los niños dentro y fuera del entorno virtual.
“Creo que mi recomendación sería que los padres miren el uso de los chicos de los dispositivos dentro del periodo de las 24 horas, que estén analizando los periodos de sueño, de alimentación, los periodos de pantalla, los lapsos de entretenimiento, de juego, de interacción con otros, de aprendizaje, y que todo esté dentro del marco del equilibrio”, señala la especialista.
“Las pantallas influyen en los circuitos atencionales e impulsividad, sí; pero no podemos decir que causan TDAH”.
La psicóloga enfatiza que el objetivo central debe ser la prevención y la construcción de un entorno seguro en todos los ámbitos del desarrollo.
“No hay que mirar desde este lugar de miedo, de evitar trastornos o evitar que tenga problemas de salud mental, cuando en realidad debemos propiciar hábitos y rutinas saludables justamente para ayudarles a los chicos a estar sanos y seguros, no solo en un espacio digital, sino también en un mundo objetivo en el que vivimos”, recalca.
Pantallas y TDAH: Mitos y verdades
Indicó que no es lo mismo la falta de atención generada por la hiperestimulación digital y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).
Alfonsi sostiene que si bien las pantallas impactan en la atención, no son la causa directa del trastorno.
“Las pantallas influyen en los circuitos atencionales e impulsividad, sí; pero no podemos decir que causan TDAH”, aclara.
La especialista explicó que el diagnóstico de este trastorno neurodesarrollativo es un proceso riguroso que no debe confundirse con distracciones cotidianas.
“Cuando encontramos inatención, impulsividad o hiperactividad, tenemos que realizar una evaluación integral. El TDAH no se diagnostica porque un niño se distraiga mucho, hay criterios específicos, los síntomas deben presentarse en más de un contexto y deben generar un impacto significativo”, precisa.
En otro punto, advirtió sobre la necesidad de hacer diagnósticos diferenciales antes de etiquetar a un niño con TDAH.
“Hay que descartar otras causas que pueden producir manifestaciones similares como dificultades de aprendizaje, ansiedad, problemas emocionales y, especialmente, alteraciones del sueño. La evaluación debe recoger información de la familia, la escuela y otros contextos del niño”, argumenta.
Problemas en el aprendizaje
La profesional detalló cómo el consumo rápido acostumbra al cerebro a una dinámica de recompensa inmediata que choca frontalmente con las exigencias del entorno escolar y cognitivo.
“Lo que sabemos sobre el uso digital intenso es que se asocia con menor control atencional y determinados resultados académicos menos favorables. Un contenido de videos cortos está diseñado para ofrecer novedad y recompensa en intervalos muy breves. En cambio, leer un texto, resolver un problema matemático o estudiar requiere hacer un esfuerzo sostenido aunque la recompensa no sea inmediata”, sostiene Alfonsi.
Según la experta, en el entorno escolar esto “puede observarse como menor tolerancia a tareas que requieren esfuerzo sostenido, mayor búsqueda de estímulos inmediatos, dificultad para esperar, impulsividad o abandono rápido frente a una actividad que no resulta suficientemente atractiva”.
“Un niño que duerme mal puede levantarse al día siguiente más irritable, impulsivo, distraído y con menor capacidad para autorregularse”.
Sin embargo, la psicóloga sostiene que dichos problemas de aprendizaje no deben ser asociados netamente con la tecnología, sino también con problemas emocionales, entre otras situaciones.
“Tampoco podemos atribuir automáticamente esas conductas a la tecnología únicamente. Un niño puede tener dificultades por sueño insuficiente, problemas emocionales, dificultades de aprendizaje, falta de hábitos, situaciones familiares o muchas otras razones”, refirió.
¿Cansancio o falta de atención?
Uno de los aspectos más críticos señalados por Alfonsi es el impacto destructivo del uso de pantallas en el descanso. Señala que con frecuencia, conductas consideradas “problemáticas” en la escuela o la casa son, en realidad, síntomas directos de un déficit de sueño no detectado.
“El sueño es fundamental para la atención y la regulación emocional. Un niño que duerme mal puede levantarse al día siguiente más irritable, impulsivo, distraído y con menor capacidad para autorregularse. A veces interpretamos esas conductas como un problema atencional cuando en realidad lo que estamos observando, al menos en parte, pueden ser las consecuencias de un descanso insuficiente”, advierte.
Agregó que la tecnología interfiere con el descanso a través de múltiples frentes fisiológicos y conductuales.
“El uso digital puede alterar duración, inicio y calidad del sueño, debido a varios mecanismos como luz, retraso de la hora de acostarse, contenido estimulante, activación emocional y presencia del dispositivo en el dormitorio”.
Enmarca que ante situaciones de llanto, berrinches, aburrimiento o ansiedad, la pantalla suele convertirse en el recurso de auxilio inmediato para muchos adultos. Remarca que esta práctica priva a los niños de la oportunidad de desarrollar herramientas internas de autorregulación, un área de por sí frágil en quienes padecen TDAH.
“En muchos niños con TDAH la regulación emocional ya representa un desafío. Si además utilizamos permanentemente una pantalla como mecanismo para calmar, entretener, distraer o evitar el aburrimiento, el niño tiene menos oportunidades de desarrollar otras estrategias para regularse”, mencionó.
Frente a esto, la especialista apela a la responsabilidad afectiva de los padres y cuidadores: “Es el adulto quien debe modelar la regulación emocional y acompañar ese aprendizaje con presencia y vínculo”, detalla.
“No se trata de criar niños sin pantallas. Se trata de criar niños que no necesiten una pantalla para jugar, para calmarse, para relacionarse, para entretenerse o para tolerar el aburrimiento”.
Para Alfonsi, medir únicamente la cantidad de horas resulta insuficiente e incompleto.
“No podemos meter todo el uso de pantallas en la misma bolsa. Importan el contenido, el propósito, el diseño, la edad del niño, el contexto y lo que ocurre alrededor de ese uso”, asevera.
Para ilustrar este punto, contrapone diversos escenarios de uso digital. “No es lo mismo crear contenido que consumir pasivamente; resolver un problema matemático que desplazarse infinitamente por contenidos; jugar acompañado que jugar conectado o aislado; utilizar una herramienta educativa que consumir contenido diseñado exclusivamente para retener la atención”.
Por esta razón, remarca que “incluso tres horas de dos actividades digitales diferentes pueden tener consecuencias muy diferentes”.
Riesgos principales del uso de pantallas
La psicóloga infantil remarca que el riesgo principal del uso desmedido de la tecnología no radica solo en lo que el niño hace frente a la pantalla, sino en todo lo que deja de hacer en el mundo real.
“El problema aparece cuando la experiencia digital desplaza oportunidades reales de interacción. Las habilidades sociales se desarrollan practicándolas, esperando turnos, negociando, interpretando gestos, tolerando que otro piense diferente, reparando un daño, resolviendo un conflicto y aprendiendo a convivir con la frustración que inevitablemente generan los vínculos”, profundiza la psicóloga.
Aunque reconoce que “un dispositivo puede conectar socialmente”, aclara que este “no reemplaza todas estas experiencias”. Por ello, propone una pregunta fundamental para la reflexión familiar: “Quizás la pregunta que debemos hacernos los adultos es: ‘¿Qué experiencias humanas necesarias para desarrollar empatía y convivencia están quedando fuera de la vida cotidiana de nuestros chicos cuando pasan mucho tiempo frente a una pantalla?’”.
A modo de síntesis, Estela Alfonsi finaliza que no se deben realizar los extremismos y que se debe fortalecer el desarrollo de la autonomía del niño.
“No se trata de criar niños sin pantallas. Se trata de criar niños que no necesiten una pantalla para jugar, para calmarse, para relacionarse, para entretenerse o para tolerar el aburrimiento”, finalizó.
Fuente. UH
