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“Gran Turismo” cruza la meta con emoción y buena acción vehicular

El director de Sector 9 presenta un sólido drama deportivo con carreras emocionantes y una interesante historia real inspirada por un clásico de los videojuegos.

Luego de sus imperfectas pero ciertamente expresivas y memorables películas de ciencia ficción Sector 9, Elysiumy Chappie, el cineasta sudafricano Neill Blomkamp se pone la gorra de mercenario a sueldo y firma un drama deportivo basado en la histórica saga de videojuegos de conducción Gran Turismo y una historia real relacionada a esos juegos de PlayStation que no va a acabar en ningún podio de las mejores películas sobre carreras de todos los tiempos, pero que califica de forma más que respetable.

La película sigue a Jann Mardenborough (Archie Madekwe), un joven galés que, por medio de un concurso del videojuego Gran Turismo, obtiene la oportunidad de convertirse en piloto de carreras para la escudería japonesa Nissan, entrenando bajo la tutela del expiloto Jack Salter (David Harbour) para probar que un piloto entrenado en simulaciones puede alcanzar el éxito en el mundo real.

Más allá de la curiosa premisa, la verdad es que Gran Turismo es un drama deportivo bastante estándar, y un ejemplo bastante bien hecho de ese subgénero.

La película tarda un poco en arrancar, moviéndose torpemente entre intentos pocos sutiles de hacer publicidad a los juegos y a PlayStation, y drama familiar entre Jann y su padre (Djimon Hounsou), un exfutbolista que no ve un futuro en el anhelo de su hijo de entrar al mundo del automovilismo, en escenas que se sienten calcadas de un millón de otras películas en las que un joven choca con sus padres porque no entienden sus sueños y que le sacan aceleración a la película a pesar de que acaban teniendo una buena catarsis emocional al final del filme.

Pero la película toma impulso cuando se asienta cómodamente en la estructura de un drama deportivo tradicional, con Jann y los demás jugadores aprendiendo a conducir autos de carrera de verdad y siendo eliminados uno a uno de la competencia por ver quién será el conductor graduado de la “Academia Gran Turismo”, y la introducción de David Harbour, cuya presencia afable pero ligeramente tosca y atormentada genera una buena química a lo “Rocky y Mickey” entre Salter y Jann.

Aunque no profundiza mucho en las demás relaciones de la película – Jann con su madre, con su hermano, con su novia, con los demás pilotos aliados y rivales -, el correcto guion de Jason Hall y Zach Baylin se asegura de darles a todos los secundarios una personalidad clara y memorable, y hacer que todos esos elementos pesen en el dramático final en una de las carreras más desafiantes del mundo. Y donde la película sí tiene que profundizar – como en las consecuencias psicológicas de un horrible accidente en pista – sí lo hace de forma efectiva.

Un componente interesante es el personaje de Orlando Bloom como el ejecutivo de Nissan que impulsa el concurso de Gran Turismo, y que quizá accidentalmente como consecuencia de la naturaleza del filme como una “publipelícula” que tiene que pintar en buena luz la imagen del fabricante japonés, acaba siendo un personaje mucho más matizado que otros similares en otras películas de este tipo, una mezcla difusa y realista entre persona decente y dron corporativo con ocasionales tendencias chupasangre, mucho más creíble que el caricaturesco antagonismo del personaje de Josh Lucas en Contra lo imposible, por citar un ejemplo de otra película reciente sobre carreras basada en una historia real.

En cuanto al atractivo central de la película, las carreras de autos, Blomkamp trae a hacer pesar el buen ojo para la acción que ya demostró en sus filmes de ciencia ficción, filmando las carreras con intensidad, dinamismo y claridad.

Las carreras están editadas de forma expresiva y vertiginosa, y Blomkamp echa mano de helicópteros, drones para tomas ágiles al estilo de Ambulancia de Michael Bay e incluso cortes al interior de los mecanismos de los autos al estilo Rápido y Furioso para enfatizar la mezcla de instinto humano e ingeniería que colaboran al hacer que esas máquinas complejas vuelen en tierra.

Gran Turismo ciertamente es una película que entiende bien el valor visceralmente cinematográfico de ver autos yendo muy, muy rápido y ocasionalmente chocando y explotando, algo de lo que nunca se puede tener demasiado.

Aunque obviamente no se puede adaptar la narrativa de una serie de juegos que no tiene tal cosa, Gran Turismo la película sí logra adaptar el espíritu de devoción al automovilismo como deporte y como expresión de la autosuperación humana que ha alimentado a esos juegos desde hace más de un cuarto de siglo.

Fuente. Abc Color

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